Lunes, 15 de junio
POLÍTICA / NACIONAL

LE MONDE diplomatique / Republicamos desde RadioBar Producciones (EDICIÓN FEBRERO 2020 | N°248)

PERONISMOS Y FEMINISMOS

Cuando tiembla la casa del poder

La larga, tensa y muy productiva relación entre las demandas de las mujeres y el peronismo tiene un nuevo capítulo a partir de la llegada de Alberto Fernández al poder. Así como el kirchnerismo hizo de los derechos humanos una política de Estado, el gobierno actual ha ubicado al género en el centro de su agenda de gestión.

 

La política es una máquina de producir fotos. El 10 de diciembre, con la asunción del nuevo gobierno, comienza una nueva serie. El presidente Alberto Fernández junto a Fabiola Yáñez, su novia –no su esposa–; su hijo Estanislao, conocido como drag queen “Dyhzy”, y la novia de él, con atuendo y pañuelo verde que representa la lucha por la legalización del aborto. Junto a ellos/as, la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, símbolo del kirchnerismo que parece haber hecho posible esta foto. La imagen, profética, muestra tanto la sociedad –el impacto de las “mujeres” en política, la fluidez del “género”, las “nuevas” familias– como señala las preguntas: en este nuevo ciclo, ¿qué hará la política con los feminismos?, ¿el Estado puede ser feminista?, ¿de qué maneras se conjugan las luchas de las mujeres y la comunidad LGBTI con las acciones gubernamentales?
Las tensiones (o mejor: los roces) entre peronismos y feminismos son históricas. Cuando las “muchachas” de los años cuarenta estudiaron en las Academias Pitman y comenzaron a salir a las confiterías, a bailar tango, al mundo del trabajo asalariado y a los sindicatos, ya muchas mujeres –anarquistas, socialistas, radicales y liberales– venían peleando por sus derechos. Primero, por los derechos civiles –a disponer de sus dineros y bienes, a trabajar, a estudiar, a ejercer la responsabilidad de sus vínculos familiares–; y luego, por los derechos políticos –a votar y ser votadas–. Pero a partir de la “revolución de 1943” sucedió algo inesperado: de modo sorpresivo, desde la Secretaría de Trabajo y Previsión a cargo del coronel Perón, se planteó la idea de que el voto para la mujer fuera sancionado por decreto. Frente a la propuesta, las feministas históricas se ubicaron entre las detractoras del “sufragio desde arriba”, es decir, la ampliación democrática en ese contexto. Finalmente, el decreto no prosperó, pero el problema quedó formulado: ¿cómo actuarían, a partir de entonces, las mujeres de tradición feminista ante la promoción de esta ley impulsada por un varón con el que muchas de ellas disentían? (1).
Apenas Perón fue elegido presidente, se presentó un proyecto de ley para habilitar el sufragio femenino, que fue sancionada al año siguiente. La Ley 13.010 estableció en su artículo primero: “Las mujeres argentinas tendrán los mismos derechos políticos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que les acuerdan o imponen las leyes a los varones argentinos”. María Eva Duarte de Perón no participó en la redacción de esta ley pero la sostuvo con su cuerpo: su historia está asociada al efectivo logro de la ciudadanía política. El hecho maldito de los derechos argentinos. Si para cierto liberalismo y socialismo la mujer feminista sería la auténtica destinataria de tal derecho, para el peronismo lo serían todas –imposible diferenciar, entonces, entre “ilustradas” y “cooptadas”–. Así, las mujeres participaron –no sin contradicciones– de manera inédita en la vida pública: con la creación del Partido Peronista Femenino, la Fundación Eva Perón –dispositivo del paso de la caridad y “las damas de beneficencia” a la organización estatal de la justicia social–, y el peso simbólico de cada vez más “princesas plebeyas” que oficiaban de primeras damas (las críticas al “gusto” de Fabiola Yáñez, a su biblioteca o a su cabellera rubia activan aún hoy los efectos de esta plebeyización).
Los feminismos forman parte de los procesos de modernización de la Argentina del siglo XX. Los peronismos, también. Más que fuerzas antitéticas, binarias o solo pensables desde la inversión, emergen sus zonas de cruces e imaginaciones comunes. Tan distantes entre sí, La razón de mi vida, de Eva Duarte de Perón, y la Autobiografía de la escritora e intelectual Victoria Ocampo, comparten un mismo motor: el peronismo como el artefacto que las hace escribir. Entonces, tanto como se ha reformulado el famoso “alpargatas sí, libros también”, hoy podría decirse: “peronismo sí, feminismo también”. Del género como una demanda “liberal” al género como parte de una agenda “populista”. Si Evita viviera, ¿sería feminista? ¿De qué modos los años setenta organizan las vidas públicas de esas “muchachas”? ¿Cómo se reconfiguran las luchas revolucionarias ante la recuperación democrática y la demanda por derechos?
Volvamos a las fotos. 1 de julio de 1974, ha muerto el presidente Juan Domingo Perón. Es invierno. En la fila del velorio público en las calles de Buenos Aires lindantes al Congreso, un grupo de chicas jóvenes espera el turno para ver a su líder. Pelos largos, pantalones Oxford, abrigos tejidos, botas texanas. Acostada sobre el asfalto, una embarazada apoyada en el regazo de otra mujer se acaricia la panza. Ambas parecen estar dormidas tras una espera que lleva dos noches. La fotografía es de la periodista y escritora Marta Merkin (2).
8 de marzo de 1984, primer acto por el Día de la Mujer en la democracia alfonsinista. Es verano. En la Plaza de los Dos Congresos cientos de mujeres de distintas pertenencias se manifiestan por sus derechos. En primera fila se ven señoras mayores, jóvenes, una empleada doméstica, militantes políticas, y hasta una niña. Sobre esta multitud, en las escalinatas de la Plaza, se recorta la figura de una mujer. Se trata de la feminista María Elena Oddone, quien se anima a caminar al frente con una pancarta en la que se lee “No a la maternidad, sí al placer”. La fotografía es la tapa del clásico libro de Mabel Bellucci (3).
¿Cómo se reconfigura este entramado entre peronismos y feminismos a partir de la asunción de Alberto Fernández? Catalina Trebisacce, doctora en Antropología, docente e investigadora, señala: “En lo que respecta al peronismo, el feminismo ha madurado mucho. Hoy no podríamos decir que los feminismos tengan un problema con el peronismo, como quizás pasaba antes. Sí hay ciertos sectores importantes del movimiento feminista, con un pensamiento también bien interesante, que mantienen posicionamientos autonomistas, críticos de los partidos políticos y del Estado, pero no un ensañamiento con el peronismo. En este sentido, me parece que es un buen momento para la alianza entre peronismo y feminismo. Y el feminismo más autonomista, que no es necesariamente antiperonista, tendrá el papel de marcarle un poco la cancha al feminismo que se institucionaliza y que seguramente padecerá los efectos de ese proceso”.

¿El Estado y ellas se amaron?

El colectivo intelectual y militante Lobo Suelto ha señalado que la política argentina posterior al retorno de la democracia está atravesada por la presencia de las mujeres: la lucha por los derechos humanos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, el asesinato en 1997 –aún impune– de la trabajadora Teresa Rodríguez en las primeras manifestaciones sociales en Cutral-Có (Neuquén), emblema del movimiento piquetero, y la visibilidad de los cuerpos configurados por el género, desde 2015, a partir de las convocatorias “Ni Una Menos”. No parece coincidencia que Charly García, en ese álbum de la primavera democrática con su portada hecha de flores, haya dicho: “Cómo conseguir chicas”. Profecías: las mujeres serán el rostro de la democracia.
Porque la democracia también es la sucesión de leyes de última generación que atraviesan las vidas de su ciudadanía. Casi todos los presidentes desde 1983 tuvieron su ley hito, aunque el peronismo es quien empujó más el límite de lo posible. Repasemos: Alfonsín, patria potestad y divorcio; Carlos Menem, cupo y reforma constitucional; Néstor Kirchner, educación sexual integral (ESI); Cristina Fernández de Kirchner, matrimonio igualitario e identidad de género; Mauricio Macri, paridad política.
Alberto Fernández comienza su gobierno tan anfibio como un poco es su figura: capeando la crisis –sobre todo con el horizonte de la renegociación de la deuda ante los vencimientos del mes próximo–, pero sin relegar una zona de promesas. De ellas, una de las más fuertes es la sanción de la ley de la interrupción voluntaria del embarazo. No hay ninguna foto de Alberto Fernández usando el pañuelo verde, pero sí hubo una foto en la presentación del libro de Ana Correa, junto a militantes feministas. A veces una imagen vale más que mil palabras. La doctora en Historia, investigadora del Conicet y parte del Consejo de Asesores/as del presidente, Dora Barrancos, plantea: “Ya se vio en 2018 que fundamentalmente fueron las representaciones del peronismo, en sus diferentes matices, las que aportaron más votos para la sanción del aborto en nuestro país”. Y continúa: “Los desafíos en este gobierno son efectivamente acentuar el tono feminista que muchísimas mujeres le acercamos a la campaña y la necesaria superación del ciclo anterior vivido en nuestro país”.
En los primeros días de gobierno se produjo la recuperación del protocolo de aborto no punible y la capacitación en problemáticas de género como exige la “Ley Micaela”, con asistencia de las máximas autoridades del Gabinete, incluido el propio presidente. Pero en el organigrama ministerial solo cuatro de los veintiún cargos ministeriales están ocupados por mujeres. Hubo pocas mujeres en algunas fotos clave –que recibieron cuestionamientos de “cupo” incluso por funcionarias del gobierno– y continúa vigente la costumbre del fútbol de los viernes en Olivos, donde solo invitaron a sumarse a Macarena Sánchez, directora nacional de Juventud y jugadora profesional. A la vez, la primera resolución del presidente de la Cámara de Diputados Sergio Massa fue disponer la “paridad de género” en las presidencias de comisiones: 23 a cargo de varones y 23 de mujeres, incluyendo el desdoblamiento de la Comisión de Mujer y Familia. Mientras casi cien funcionarias del gobierno se han reunido en la iniciativa “Mujeres gobernando” y comparten un grupo de whatsapp, son las mujeres que están marcando el pulso político: la ministra de Mujeres, Género y Diversidad, Elizabeth Gómez Alcorta; la secretaria de Legal y Técnica, Vilma Ibarra; la vicejefa de Gabinete, Cecilia Todesca; la directora del PAMI, Luana Volnovich, y la titular del INADI, Victoria Donda; entre otras.
No es casual que mencionemos primero a Gómez Alcorta. Una de las primeras medidas de Alberto Fernández ha sido la creación de un ministerio dedicado a las problemáticas de género. Las distintas opciones que se barajaron para nombrarlo son todo un síntoma de las discusiones de la lengua feminista. Finalmente, constituido como Ministerio de Mujeres, Género y Diversidad, por primera vez tienen rango ministerial las vidas de “mujeres” y de la “comunidad LGBTI” –que habían estado históricamente circunscriptas al “Consejo Nacional de la Mujer”–. Pero tan fundamental como el reconocimiento del Estado de las relaciones desiguales de género es que el “género” no se encapsule, que no se limite a una parcela del Ejecutivo, que se constituya un ministerio de las “Mujeres” al interior de cada ministerio. Así, también son claves las participaciones en Subsecretarías y Direcciones, como la de Graciela Morgade en Educación o la de Mercedes D’Alessandro en Economía. ¿Cuáles son los techos de cristal del poder? Como señala la investigadora Mariana Gené, el único cargo al que nunca llegó una mujer es ministra del Interior, espacio clave de la “rosca” y la política “real”. Tampoco nunca una mujer fue jefa de Gabinete (4).

En los jardines de la sociedad civil

Volvamos a las fotos. Contrapunto de imágenes entre los seis candidatos presidenciales varones durante la noche del debate en octubre del año pasado y la marcha de cierre del Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans en La Plata, el más convocante en su historia (5). ¿Dónde está “viva” la democracia? Como si lo más complejo no fuera la política feminista, sino esa política haciendo temblar la casa del poder. La “ideología de la domesticidad” condensa una división moderna entre trabajos, valores y géneros: los varones se ocupan de la producción en el espacio público y las mujeres, de la reproducción en el ámbito doméstico (6). Esta división sexual también afecta la militancia (quiénes son los que hablan en las asambleas y quiénes las que apilan las sillas), la política (quiénes representan y quiénes son representadas), así como los ministerios (quiénes ocupan el de Desarrollo Social y quiénes el de Economía).
Durante el macrismo florecieron cuatro años de sociedad civil: en los feminismos, las economías populares, las organizaciones sociales y también las demandas ambientalistas. Pero este nuevo gobierno enfrenta la paradoja de las instituciones: ¿qué pasa cuando lo instituyente comienza a ser instituido?, ¿cuáles son las relaciones entre un gobierno y su sociedad civil? El kirchnerismo hizo de los derechos humanos una política de Estado, del mismo modo que este gobierno lo está haciendo con los feminismos. Resultan nítidos los efectos de “ganar”, de instituir lo instituyente, pero ¿cuáles son los desafíos para que aquello que estaba pulsando no se termine convirtiendo en un museo de sí mismo? ¿La federalización? El Estado no es una simple máquina de estatalizar la agenda pública. Y si lo hace no es canibalizándola sino promoviéndola, incluso con lo que todavía no pueda ni responder. Entonces, ¿qué del feminismo no entra en el “Ministerio” del feminismo? Y algo más: un Estado también es la memoria de las mujeres torturadas, violadas, asesinadas; la genealogía de las que tomaron el cielo por asalto, las que salieron de su casa a la plaza, las que ni tienen nombre propio.
Los cruces entre sexualidad y ciudadanía hacen crujir esta paradoja: por momentos se lucha como si el Estado pudiese contener todas las demandas feministas, a la vez que se reconfiguran las fronteras mismas de lo público al señalar que “lo personal (también) es político”. Aun más: los feminismos interpelan al Estado al tiempo que defienden las libertades individuales. Los modos de subjetivación actuales implican una creciente estatalización (porque la “deconstrucción” la organiza el Estado), mientras mantienen una necesaria zona ciega, un “patio de atrás”. Los feminismos, como todas las grandes revueltas políticas, oscilan entre esos dos grandes polos: igualdad y libertad.
Los peronistas, incorregibles como diría Borges, ¿podrán ser feministas? Es una falsa pregunta. La constitución de algo así como el “albertismo”, la posibilidad de hacer de un gobierno una época (es decir, fundarla) depende, en buena medida, de lo que haga con lo que el feminismo hace de él. Dora Barrancos señala: “Estamos frente a un presidente notablemente sensible, de una enorme convicción acerca de las transformaciones fundamentales en la ciudadanía y las transformaciones para resolver el orden de las desigualdades, y dentro de ellas, a Alberto le es absolutamente claro el panorama particular de las jerarquías patriarcales. Estoy segura de que vamos a tener la sanción del aborto legal antes de mediados de año”.
La foto que nos falta está por venir.

1. Las publicaciones de Carolina Barry, Karin Grammatico, Silvana Palermo, Sara Perrig, Adriana Valobra, entre otras, han estudiado las vinculaciones entre mujeres y peronismo.
2. Esta imagen forma parte del archivo inédito que fue publicado en Infojus Noticias: https://bit.ly/2PW9sDl.
3. Mabel Bellucci, Historia de una desobediencia: aborto y feminismo, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2014.
4. Mariana Gené, La rosca política, Buenos Aires, Siglo XXI, 2019.
5. Véase Betina Rolfi, “Corbatas y glitter”, en www.perfil.com/noticias/opinion/corbatas-y-glitter-opinion-betina-rolfi.phtml
6. Ésta es la lectura de Joan Scott en “La mujer trabajadora en el siglo XIX”, Historia de las mujeres en Occidente: El siglo XIX, Madrid, Taurus, 1993.

* Becaria doctoral del CONICET. Autora junto a Mercedes D´Alessandro y Marina Mariasch del libro ¿El futuro es feminista?, Le Monde diplomatique/Capital Intelectual, Buenos Aires, 2017.

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

                                              

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